Diversidad de ritmos, respeto a los tiempos de desarrollo y confianza en la infancia.
- MaMestra

- 26 may 2020
- 4 min de lectura
Actualizado: 19 jun 2020
Si cada peque es una persona única e irrepetible, también lo es su desarrollo y su manera de aprender. Queda claro entonces, que en la infancia existe una gran diversidad de ritmos madurativos, tiempos y procesos de aprendizaje que todo adulto debe tener presente.
Por ello, tanto desde el ámbito educativo como del familia, debemos conocer, entender y atender la realidad individual de cada niño, para poder así acercarnos a todos los niveles de su desarrollo (social, afectivo, cognitivo, psicológico...) de la manera más funcional posible.
Una buena acción educativa contempla y potencia la singularidad, considerando la diversidad como la norma y no como la excepción, y haciendo posible la verdadera igualdad. Una igualdad que, en palabras de Umberto Eco, da el derecho a ser distinto a todos los demás, y que no significa dar a todos lo mismo, sino dar a cada uno lo que realmente necesita.
Para que esto sea posible podemos seguir ciertos principios educativos:
- LA IMPORTANCIA DEL AMBIENTE, en el que hace tanto hincapié María Montessori. Este será un entorno seguro, afectivo y de calidad, donde haya la flexibilidad espacial y temporal suficiente para que cada uno se desarrolle de manera integral,
- LA INDIVIDUALIZACIÓN, defendida por autores como Piaget, Emmi Pickler o Loris Malaguzzi, y que afirma que, atendiendo a las particularidades de cada individuo, se deben ofrecer estrategias diversas y personalizadas que respondan a las características y necesidades de cada persona.
- LA LIBERTAD Y AUTONOMÍA, que considera, en palabras de Francesco Tonucci, que el tiempo es subjetivo en cada niño y que es necesario respetarlo. Lo cual significa no apremiar ni anticiparnos a sus propias acciones, es decir RESPETAR EL TIEMPO.
¿Quién no ha escuchado el famoso "cuánto antes ... mejor"?
Cuánto antes empiece a comer, mejor
Cuánto antes deje la teta, mejor
Cuánto antes camine, mejor
Cuánto antes hable, mejor
Cuánto antes le quites el pañal, mejor
Cuánto antes sepa leer y escribir, mejor
Pero ¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad frenética, en la que el tiempo se valora únicamente cuando no se tiene, y en la que abundan frases como "no me da tiempo" o "no llego a todo". Los adultos tenemos la necesidad de que la infancia siga nuestro ritmo, de que se adapte rápidamente a la vida frenética. Tenemos prisa por que crezcan, por que quemen etapas evolutivas o directamente se las salten, sin importar las consecuencias que puede tener adelantar procesos madurativos de naturaleza lenta, tanto a nivel físico como psíquico y emocional.
Por esta razón, a veces es importante recordar que hay que dejar a los niños ser esto mismo, niños, y para ello es importantísimo respetar sus ritmos, dejarles libertad para ser, y confiar en ellos. Porque existe una serie de variables que los hacen únicos en la manera de aprender, madurar y desarrollarse como personas: cada uno tiene habilidades en las que evolucionan con mayor facilidad y que debemos conocer para poder potenciar. Cada uno tiene unas capacidades que le permiten acceder al conocimiento de formas diversas. Cada uno tiene un entorno y vive una realidad que percibe de forma diferente al resto. Cada uno asimila y procesa la información de una manera, lo cual provoca aprendizajes completamente subjetivos.
Apremiar en la consecución de logros no solo puede ser contraproducente y ralentizar su auténtico ritmo de desarrollo, sino que puede causar lesiones o daños por falta de maduración, o disminuir la seguridad en uno mismo, provocar baja autoestima y por ende, deficiencias emocionales, entre otras cosas.
No es culpa de los niños que la sociedad no esté preparada para esperarles. Pero sí está en nuestras manos de adulto hacerlo:
Podemos ofrecer estímulos y recursos variados y que desarrollen diferentes aspectos del conocimiento, habilidades y capacidades. Sin sobreestimular, actuando desde un segundo plano en la actividad, en el que la observación, la atención y la escucha sean los elementos principales de nuestra acción. Procurando intervenir lo menos posible, y sabiendo cuando es realmente necesario. Actuando así como guía y acompañante de los procesos madurativos.
Podemos también, o más bien debemos respetar los tiempos de acción de los pequeños, permitiendo la exploración y el juego autorregulado y propio, es decir, confiar en sus acciones y expresiones.
Este respeto a los tiempos en general y en particular al niño, también se consigue evitando los juicios y las comparaciones, mostrando tolerancia hacia la infancia y dejando a cada niño ser tal y como es, sin importar lo pronto que habló la hija de Jorge, cuánto tiempo pasó hasta que Andrés escribió su nombre por primera vez, o lo bien que caminaba Julia al cumplir su primer año.
Estas tres citas podrían resumir la función del adulto.
"Todos los niños pueden aprender, sólo que no a la misma vez, ni de la misma manera." George W. Evans.
"Educar y acompañar es lo que haces para ayudar a tu peque a aprender de sus errores y resolver sus propios problemas." Armando Bastida
"Un pájaro en un árbol no teme que la rama se rompa, porque la confianza no es hacia la rama, sino hacia sus alas." Anónimo.
Me gustaría acabar haciendo una reflexión sobre el mundo de la infancia y en cómo aprender de ella. Y es que los niños no controlan la dimensión temporal porque tienen un mecanismo que no les permite estar pendiente de esta: el asombro.
La capacidad de asombrarse es algo que caracteriza a la población infantil, y sobre lo cual debemos aprender todas las personas adultas, pero sobre todo los docentes y las familias. Una manera de hacerlo es utilizando, lo que Tonucci llama, la Oreja Verde. Una oreja que todavía se asombra de todo y que es capaz de escuchar de verdad. Atendiendo a lo que sucede sin mirar el reloj, preguntándose el por qué de las cosas, investigando, explorando y descubriendo algo nuevo con cada escucha. Así podremos imitar, en cierta manera, la manera que tienen los pequeños de conocer la realidad, sin límites de horarios ni juicios externos.
El asombro es, en definitiva, la mejor manera de no poner límites temporales, de dejar trascurrir cada experiencia sin esperar su final, improvisando sobre la marcha, respetando la acción y a los que en ella intervienen, dejando ser y esperando, o no, que una vivencia desencadene otra.








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