¿Juegas?
- MaMestra

- 19 jun 2020
- 4 min de lectura
¿Juegas? Esa expresión maravillosa que se utiliza para aceptar y tolerar, de forma generosa y llena de inocencia. Una pregunta que hace referencia a una acción fundamental, propia de los niños y niñas.
Pero ¿qué es jugar? ¿qué es el juego?
Solemos asociar el juego con la infancia. Sin embargo, utilizamos esta palabra en muchas otras acepciones: juego de mesa, salón de juegos, juegos de azar, reglas del juego, esto no es un juego, juego de cubiertos ... Además, la RAE lo define utilizando términos como entretenimiento, diversión, ejercicio recreativo, competición, práctica de azar, actividad intrascendente o que no ofrece ninguna dificultad...
Pero cuando hablamos de Juego Infantil no podemos hacerlo de forma tan superficial y sin importancia. Pedagogos, maestros y expertos en educación coinciden que, para la infancia el juego es una cosa muy seria. Y es que, jugar es la manera que tiene la infancia de vivir, es el único proceso que les da la posibilidad de conquistar la vida, hacerse su propio espacio y establecer su lugar en el mundo. Jugar es, en realidad, el método óptimo de desarrollo, el único proceso para ubicarse en su realidad. Por ello juegan solos, con la familia, con los compañeros, con las amigas, en el momento del baño, con la comida, en casa, en la calle... juegan siempre.
Cuando un niño realmente juega se mueve, es curioso, descubre, experimenta, inventa, observa, toca y sobre todo, se construye física y mentalmente. Porque jugar es arriesgarse, apostar, asimilar retos y ganar; pero también es perder, caer, equivocarse, fracasar y más términos, aparentemente, negativos. Pero ¿negativos para quién?
En otras entradas del blog ya he mencionado el papel del adulto con respecto a la educación de los pequeños, tanto si es mamá, papá o familiar, o es la maestra. El rol debe ser de observador y acompañante. Deberíamos estar presente sin ser vistos, interviniendo únicamente cuando sea necesario por seguridad, o cuando realmente ellos lo soliciten, respetando sus ritmos y permitiendo su libertad y autonomía en el juego.
El miedo a que se equivoquen, a que pierdan, a que se hagan daño o se enfaden, es la tónica general de los adultos hacia la infancia. En muchas ocasionas queremos evitar que se frustren porque consideramos que es una emoción dañina. La frustración, como muchas otras emociones, se debe aprender a gestionar desde edades tempranas porque es un sentimiento que está presente en la vida adulta. Es importante no inhibir la aparición de emociones que necesitan de la experimentación para poder aprenderlas y controlarlas. Al intentar evitar que aparezcan en el niño, estamos ofreciendo una protección excesiva, estamos sobreprotegiendo.
En este punto, me gustaría hacer una reflexión acerca del prefijo sobre- y ciertos términos a los que va adherido.
La sociedad actual tiende a sobreproteger, sobreestimular, sobreregalar y sobreamar a la infancia. Desarrollamos la sobreprotección cuando intervenimos antes de tiempo, previendo riesgos antes de que ocurran, sin dejar a los peques opción de autocontrol y de gestión de ciertas acciones. Podemos ofrecer un entorno seguro dejando que asuman riesgos siempre y cuando no conlleven peligro, aunque sepamos con seguridad que desencadenarán experiencias molestas o desagradables.
Del lado opuesto está la sobreestimulación. En ocasiones, sin darnos cuenta, ofrecemos demasiados recursos, intentamos adelantarnos a momentos evolutivos, forzando posiciones, acciones u ofreciendo respuestas demasiado rápido. La estimulación es una herramienta muy útil para favorecer el desarrollo de los niños, pero hemos de saber dónde está el límite, conociendo a nuestro peque, sus tiempos, sus necesidades y sus voluntades.
Otro hecho dominante en la sociedad actual es que nuestros pequeños están sobreregalados. Tienen mucho de todo, sin darnos cuenta de que tener muchos juguetes hará que el juego esté más dirigido en cuanto a elementos, formas, texturas... limitamos también la accesibilidad al entorno más cercano, porque a simple vista es mucho más atractivo un aparato que hace luces y sonidos que una maceta con arena y flores o que una simple tiza.
Estamos coartando, sin querer, la libertad de acción, de creación, de invención y de experimentación. Aspectos importantísimos en el juego y en el desarrollo integral de la persona. Además les hacemos dependientes del adulto, acostumbrándose a la vigilancia constante y la atención continua. Debemos aprender a dejarles ser y dejar de sobreamar.
¿Cómo? desarrollando la capacidad de poner el foco en el niño, en sus verdaderas necesidades y voluntades, y no en lo que, como adultos, pensamos que necesitan o quieren, y respetando este proceso de crecimiento en las diferentes edades. Porque cuando mi sobrino dice -quiero jugar- inmediatamente al abrir los ojos al despertar de la siesta, o lo primero que dice al ver a su prima es -quiero jugar con Emma-, en realidad está diciendo "quiero aprender", "quiero relacionarme", "quiero descubrir", "quiero descubrirme", "quiero ser".
Aprender a ver y pensar desde la perspectiva de la infancia es una asignatura pendiente en la mayoría de personas adultas. Además, debería ser una actitud obligatoria a tener en cuenta, no solo cuando tratamos con peques, sino también para la vida. Porque ver con ojos de niño es observar con asombro lo que nos rodea; oír con las orejas de la infancia es escuchar sin juicios lo que nos dice el entorno; tocar con las manos de un peque es descubrir sin temor a nuevas texturas...
La infancia no deja de enseñarnos cosas bonitas a los adultos... solo debemos estar dispuestos a aprenderlas.






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